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Cuando Joaquín, un abogado de treinta años, entró a la habitación, se desilusionó un poco. No había una bola de cristal en medio de la mesa ni las ventanas estaban cubiertas de cortinas oscuras; tampoco había inciensos, fetos de animales enfrascados o cualquier otro artilugio sospechoso como en las películas. En cambio, el cuarto donde Sandra (prefirió no revelar su apellido) barajaba sus naipes españoles era de paredes blancas, con fotos de sus familiares colgadas. Sin adornos, minimalista.


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Fuente: www.eluniverso.com
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